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La Coctelera

Historias y fantasías de una cortesana del siglo XXI

Quien escribe sobre lo vivido y vive sobre lo escrito, quien se rebela contra eso de que hoy la gente solo cuenta sus sueños pero no se atreve a vivirlos, termina enredado en los estrechísimos límites entre la realidad y la ficción.

18 Junio 2009

Servicio a domicilio

Servicio a domicilio

Hoy la vendieron. Estoy desolada. Voy a tener que buscarme un pasatiempo para el tiempo que me acaban de liberar. Ahora voy a tener que realmente buscarme una clase de algo los lunes, miércoles y viernes.

Todo empezó hace unos seis meses. De camino a casa pasaba todos los días por la casa. Una casa señorial, preciosa, que tuvo la mala fortuna de estar en una calle que se convirtió en avenida por el tráfico pero sin contar con el espacio, gracias a la falta de planeación absoluta de las autoridades de mi ciudad. Por esta razón, cuando sus dueños se hartaron de no poder entrar ni salir la pusieron en venta. Y así estuvo desde hace casi dos años. Un día apareció en la puerta un hombre con un lindo banderín que anunciaba: VENTA, PASE USTED. Lo vi durante dos o tres semanas, sonriendo, con cara de vendedor, invitando a pasar.

Un día había tanto tráfico que llevaba casi 15 minutos frente a la casa, por lo que decidí ¿por qué no? Entrar a verla. Siempre he sido un poco voyeurista y me encanta saber de qué forma vive la gente. Creo que el voyeurismo más íntimo es ver cómo viven en su propia casa. Sé que no es lo mismo ver una casa habitada que una casa en venta, pero la curiosidad es la misma.

Y entré. Su rostro se iluminó. Imagino lo que debe ser pasar ocho horas sonriendo a los que pasan sin que nadie se digne a mirarte durante meses. Aburrido. Muy aburrido. Haría una buena obra, y aunque no hay manera que compre la casa, por lo menos le daré un rato de entretenimiento.

Muy acomedido comenzó a enseñarme las instalaciones, a mencionar detalles de fineza y de calidad, bueno, pues a hacer su trabajo de vendedor. Y yo, como buena maligna, pues comencé a flirtear. Me dije que sería bueno dejar una huella memorable de mi visita, y dejarle calientito.

La casa estaba montada, parecía que la habían abandonado con prisa. Me comentó que los dueños se divorciaron y ninguno quería vivir en ella, sino que querían venderla con todo lo interior para cada quien hacer su propia vida en un lugar distinto y sin memorias de su fracaso. Y yo pues me senté en la sala y le pedí un vaso de agua para el calor.

El muy acomedido me lo trajo, agua con hielo y se sentó a comentarme más detalles de la casa. Yo, como sin querer, pues saqué un hielo del vaso, y comencé a pasarlo por mi cuello. “hace calor…” Él me comenta que hay una piscina atrás, y que sería la opción, en caso de que yo compre la casa, para pasar el rato cuando esté el clima caliente como ese día.

Un poco triste de que no cejaba en su empeño, accedí a visitarla. Linda alberca, con camastros para asolearse y un comedor montado al lado. Muy lindo, la verdad. Me comenta que del otro lado de la alberca hay un sauna y me invita a verlo. Pues veremos cómo viven los ricos y famosos.

A esas alturas yo ya me quería ir, no llegaba a ningún lado. Caminando hacia el sauna, no veo una manguera, y ¡horror! caigo cuan larga soy dentro de la alberca. Entonces sí. Me quería morir. No sólo no había logrado mi malvado propósito de calentarlo y abandonarlo, sino que hacia el papelón de caerme a la alberca. Mi lindo vestido de verano se pegó a mi cuerpo y yo me sentía como perro mojado.

Me ayudó a salir como todo un caballero, y me acompañó al baño para secarme un poco. Se ofreció a poner mi vestido en la secadora para que pudiera salir de allí de un modo honroso y yo accedí. Intercambié mi vestido por una bata horrorosa color verde fosforescente y me senté a esperar. Me quería morir de la vergüenza.

Él continuó charlando como si nada. Y me dio por llorar. Básicamente era por vergüenza, y por rabia, supongo, pero no podía contenerme. Él al principio no sabía qué hacer, y lo único que atinó fue a abrazarme. Y pues yo seguía llorando, hasta que de pronto, no sé cómo, lo besé. Y él me contestó el beso. Y pues yo ya no tenía ropa, y la de él salió muy fácilmente. Y tuvimos una sesión de sexo fabulosa ahí mismo en los camastros.

Cuando salió mi vestido de la secadora, me vestí con prisa y salí de ahí. No era eso lo que tenía planeado. Fue muy bueno, pero no era eso.

A la semana, pasaba por ahí, y me vio, y me saludó con la mano, invitándome a pasar y enseñándome algo en la mano. Nada más y nada menos que mi brassier. Muerta de la risa, me detuve por él. Entré, y pues aprovechando el viaje, volvimos al sexo, fabulosamente buen sexo. Y entonces comencé a ir cada día más seguido. Hasta que un día decidí que tenía que tener una coartada para estas sesiones tan frecuentes. Era mi clase de baile. Y no me la perdía por nada. Salía de las comidas corriendo para llegar, y no ponía ninguna otra cita a esa hora. Y durante casi seis meses, fui tres veces por semana a mi cita con el vendedor.

Hoy, llegué muy puntual y para mi gran sorpresa, el banderín no estaba, ni la mesa, ni el letrero, ni el vendedor. En vez de ellos, un letrero que muy ufano anunciaba: “Otra propiedad vendida por la inmobiliaria xxx” Se acabaron mis sesiones. Se acabó mi acceso a la vida de los ricos y famosos. Nadar en la alberca desnuda, hacer el amor en seis distintas habitaciones, en el sauna, en la mesa de billar, en el salón de entretenimiento. Y me doy cuenta que a ninguno de los dos se nos ocurrió intercambiar datos de contacto. Estábamos tan seguros de que la casa no se vendería que ni siquiera se nos ocurrió pedirnos el teléfono.

Claro, que no sería lo mismo en un departamento de vendedor de casas. Y por supuesto que no querría tenerlo en mi vida de fijo. No.

Pero ahora, cada vez que paso por una casa en venta, volteo, para ver si alguien me invita a pasar.

Tags: voyeurismo, sexo

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Kimbal

Kimbal dijo

como siempre es un deleite leerte, solo quise pasar a saludar y empaparme de tus aventuras hacen de la lectura un placer.

6 Septiembre 2009 | 12:23 AM

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Que quieres ser de grande? Cuando tenía 12 años descubrí la respuesta a esta pregunta. Todavia recuerdo el pequeño libro con pastas azules, la historia de Diane de Poitiers, cortesana, amante del rey Enrique II de Francia, quien estuvo casado con Catalina de Medici. Era una amante tan fantástica que los hombres de la corte soñaban con pasar por su cama, que enseñaba a las jovenes todos los grandes secretos del amor, para poder usarlos después como armas de poder en el otro gran juego que es la política. Esta historia me fascinó, y en mis adentros me dije, ahora sé que quiero ser de grande... Una cortesana. Tengo que confesar algo, no tengo ninguna escuela formal de cortesana, hasta hoy, todas mis historias han sido por gusto, por el gusto al arte del amor. Este blog trata de mis historias. DirectorioPlus
   
   
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