Después de haber sido invisible para todas las mujeres a su alrededor durante sus años adolescentes y su “juventud” ahora, a los casi cuarenta años Carlos había encontrado a la mujer de sus sueños. Era como cuando compras sobrecitos con pegatinas pensando que tal vez esta vez sí saldrá la que te falta para terminar el álbum, y en este sobre de repente la ves. No lo puedes creer, pero es cierto. Ella era perfecta, amable, cariñosa y sin límites. Sin límites. Había probado todo lo que se le podía ocurrir. Siempre le decía: “eres justo como me lo sugirió mi madre, una dama en la sala y una puta en la cocina… Y a veces también al revés…”
Cuando hacían el amor ella le contaba sus fantasías y él trataba de complacer todas y cada una de ellas.
Cuando pensaba que había ya llegado a todo lo que podía darle, y darse placer, tuvo una nueva oportunidad. La visita de su amigo para ir aún más lejos. Su amigo venía de un año en un viaje de exploración petrolera.
Juan, un amigo de años, simpático y trabajador, pasó a quedarse con ellos una noche al regresar del viaje, y mientras tomaba el avión que lo llevaría a su casa. Como de costumbre, hablaron de cosas del viaje, hasta que se detuvieron en su tema favorito: el sexo.
- -¿Sabes hace cuanto que no estoy con una mujer? Creo que ya ni me acuerdo de cómo son ellas.
- -No te creo. Es algo que no se olvida.
En eso estaban cuando entró ella, con una bandeja de sus famosas galletas de almendra con naranja, recién horneadas en honor al invitado.
Y tuvo la idea. Carlos se disculpó y entró a la habitación. Tomó todo lo que necesitaba y regresó.
- -Ya que vienes de tanto trabajar, qué tal si jugamos un rato para relajarnos. Este juego se llama “Fantasías Secretas”.
Juan le miró con cara de no entender un carajo, pero ella se sonrojó y sonrió al ver lo que sacó de su pantalón. La mascada con la que cubría sus ojos cuando la amarraba a la cama para jugar a la víctima y el verdugo.
Empezamos tapando los ojos de uno de nosotros. ¿Princesa, quieres empezar tu? Vamos a empezar con una de tus fantasías secretas. Ella accedió y dócilmente permitió que cubriera sus ojos con la mascada. Su cara estaba ahora de un rosa encendido.
Querida, Juan me estaba contando que ya no se acuerda cómo son las mujeres. ¿Qué tal si te quitas la blusa para que empiece a recordar? Era un riesgo calculado. El acuerdo entre ambos era que él pedía y ella decidía si accedía o no. Pero ella tenía la última palabra. Pasaron diez lentos segundos y finalmente ella movió lentamente su mano hacia sus botones y los desabrochó uno a uno. También accedió cuando le pidió que se quitara el brassiere de encaje rosa que traía puesto.
- ¿Qué te parece si le enseñas a Juan lo que te gusta hacer cuando estás sola para ponerte en ambiente?
Ella hizo un pequeño ruido, mezcla de sorpresa y gusto, y comenzó a pasar su palma abierta por sus senos, acariciando suavemente sus pezones hasta que estos se pusieron duros y entonces comenzó a pellizcarlos con la punta de sus dedos mojados por su lengua.
- -¿Te excita mi amor?
Ella sólo asiente con la cabeza.
- -¿te moja?
Ella ríe.
Quítate los pantalones y la tanga para que nuestro huésped pueda ver cómo se ve un sexo de mujer excitado.
Ella tira la cabeza para atrás y un gran suspiro. Pero obedece. Se levanta y suelta los botones de sus vaqueros. Y se libera de ellos.
- -Juan, ¿ves bien?
Él no atina a contestar, su boca está abierta y sus ojos desorbitados ante esa belleza desnuda frente a él.
- -Abre más las piernas para que vea bien lo mojada que estás.
Ella obedece.
- Princesa, ¿no se te antoja jugar un poquito con tu clítoris?
Ella ríe, pero su mano ya está en su boca mojando sus dedos y comienza a acariciarse aún más.
- Oye, no creo que sea de buenos anfitriones que sólo tú disfrutes y dejes aquí a Juan nada más viendo. ¿Qué te parece si le das una mamada, de esas ricas que te gusta dar?
Ella se queda quieta. Totalmente quieta. Cinco, seis, siete segundos. Asiente. Y se pone a gatas en la dirección en la que se imagina que aún está Juan.
Juan a estas alturas ya está sin pantalones y con el pene erecto y las piernas abiertas tratando de acomodarse.
Ella comienza lentamente con la lengua y no necesita más instrucciones. Él suspira y gime y se retuerce en el sillón.
Juan le pregunta si la puede penetrar.
Le dice que le debe preguntar a ella y que eso sería usar su turno en el juego. Él accede. Ella también. La recuesta y comienza a cogerla como si fuese una muñeca inflable, sin más que su propio placer en mente.
No necesitó quedarse a verlo acabar. Sabía que ella no se vendría. No con la rapidez que él usaba y mucho menos con su falta de tacto para hacerlo.
Carlos se fue a la habitación, se desvistió, se dio una ducha, se lavó los dientes y se metió a la cama. Oyó algo de plática en el salón. Una plática de amigos, como si hubiesen estado tomando un café.
Pasos. Ella entró a la recamara.
- ¿Cómo estuvo la fantasía?
- ¡Muy bien!
- ¿Te viniste?
Ella dudó. No había una respuesta correcta a esa pregunta.
- No.
- Pues muy mal. Eso no es ser buena anfitriona. La próxima vez que quieras que te vea mientras te cogen, me haces el favor de tener un orgasmo.
Llamó a Juan y le invitó a pasar a la habitación.
- ¿Cómo vas Juan? ¿Listo para seguir? Ahora vas a hacer tú también lo que yo te pida.
- Óyeme no.
- Si. Claro que sí. El juego no ha acabado.
Juan no tiene más remedio que acceder.
Carlos le instruye a que acaricie con su lengua el clítoris de ella. Juan comienza. Con precisión militar Carlos va diciéndole poco a poco cómo hacerlo para que ella tenga más y más placer. Ella se convulsiona toda. Cuando su respiración cambia. Esa respiración tan conocida que le dice que está a punto de venirse, lo detiene.
El pene de Juan está erecto otra vez.
- Ahora quítate y observa cómo se debe tratar a una mujer.
Y entonces procedió a hacerle el amor como si lo único que fuera importante en todo su universo fuera ella.
La hizo montarlo, y ella se estremecía.
Juan estaba fascinado mirando todo lo que sucedía en la habitación, sin moverse. Casi sin respirar.
Ella tenía un orgasmo tras otro y gritaba y gemía.
Carlos le preguntó si aún deseaba cumplir su “otra” fantasía.
Ella se detuvo. Lo miró y le dijo.
- Mi amor, yo ya cumplí la mía hoy. Te toca a ti.
- Mi fantasía es cumplir las tuyas.
- Está bien.
Entonces Carlos se volvió a Juan.
- Ven y acuéstate aquí.
Juan no dudó un segundo, se acostó en la cama boca arriba con el pene erecto, expectante.
- Ahora, preciosa, móntalo.
Ella comenzó a montarlo.
Carlos tomó un tubo de lubricante y otro condón. Untó sus dedos con el lubricante y comenzó a tocarla en el ano y a introducir su dedo. Primero uno, luego otro, y otro más. Comenzó a sentir el ritmo en su brazo y los tres se convirtieron en un solo ritmo. Cuando sintió que ella se relajaba y se excitaba aún más, se colocó el condón nuevo y la penetró.
La sensación era extraña, aún más apretada que en otras ocasiones, y con esta cosa viva que se movía al ritmo de él.
Nadie paró. Se convirtieron en tres partes de un rompecabezas perfecto, que se movía al unísono y se olvidaba de sus partes para entregarse a un todo.
Los ruidos de los tres eran algo que ninguno se había escuchado a sí mismo emitir antes. Era algo animal, algo primitivo que les excitaba y les asustaba a la vez.
Terminó primero Juan. Predecible. Después Carlos, y durante ese tiempo ella se vino una y otra y otra vez.
Quedaron los tres exhaustos, sudados sobre la cama.
Ella volteó a ver a Carlos y le besó.
- Gracias. Dos fantasías el mismo día.
Volteó a ver a Juan y le dijo:
- ¿Quieres algo de tomar?
Acto seguido se levanta y se va a la cocina.
Juan se da cuenta que está desnudo con su amigo en la cama y se pone rojo, casi morado. Balbucea algo y sale disparado al baño.
Carlos sonríe, cierra los ojos y escucha a lo lejos el ruido en la cocina de la mujer que le vió cuando era invisible, de la que le roba el sueño y le hace llegar a lugares donde nunca imaginó ir.




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